
Así me recibió el arquitecto Félix Aceves en su despacho. La vegetación casi oculta la entrada; las jardineras de concreto se ensanchan y se angostan junto al paso. Hay madera en los plafones, concreto aparente y plantas que se asoman entre ambos. Antes de llegar a las fotografías, uno ya está recorriendo su arquitectura.
El despacho ya no tiene la actividad de antes. Se ha acumulado el polvo, pero las paredes siguen ocupadas por edificios y casas; escaleras y detalles constructivos. Las fotografías conviven con diplomas, máscaras y grandes faroles de papel. Cuadros de la propia autoría del arquitecto descansan contra el muro. Sentado en un sillón de piel, rodeado de su obra, Aceves cuenta:
«Tres veces se han metido a robar, buscando computadoras, joyas o dinero. Pero no tengo nada de eso, aunque mis instrumentos de dibujo sí se los alcanzaron a llevar».
Los ladrones dejaron los archivos. Allí permanece el registro de una de las trayectorias más singulares de la modernidad tapatía y de una obra fundamental para entender el brutalismo en Guadalajara.
A sus casi 89 años, Aceves recuerda la ubicación, los contratistas, el calculista y hasta el nombre del maestro de obra de muchos de sus edificios. También lleva una cuenta precisa de sus modificaciones y demoliciones. Frente a las fotografías, la conversación pasa constantemente de cómo se construyeron a lo que les han hecho después.
«Mira, éste es el edificio que acaban de demoler, del que tú escribiste».
Se refiere a los consultorios que proyectó para su hermano, el doctor Rubén Aceves. En la fotografía, el edificio aparece recién terminado, entre las copas de los árboles. Una retícula de concreto da orden a la fachada: los apoyos verticales enmarcan grandes paños de vidrio en los niveles inferiores, mientras las ventanas de los pisos superiores quedan remetidas entre franjas horizontales de marcada profundidad. Sobre el acceso, una marquesina se proyecta hacia la calle con los bordes levantados; el único gesto curvo de la obra y que pone el sello decisivo que lo delata como autoría de Aceves. La fuerza del edificio está en sus proporciones, en el espesor de sus elementos y en las sombras que arrojan. No sabemos qué ocupará su lugar. Sí sabemos la calidad arquitectónica y constructiva de lo que se perdió.

Aceves lamenta también las alteraciones que, poco a poco, han vuelto irreconocibles algunas de sus obras. Una superficie pintada, un vano cerrado o un añadido pueden deshacer relaciones que fueron cuidadosamente proyectadas. En su arquitectura, la textura del concreto y la profundidad de una sombra tienen tanto peso como la silueta del edificio.
«Me decían que si era marihuano o si tenía estrabismo. A la gente le costaba mucho trabajo entender mi arquitectura».
Al hablar de la casa Robot, en la calle Quebec 1067, en Providencia, cuenta que el proyecto provocó tales desacuerdos entre el propietario y su esposa que terminaron separándose.
«Hasta para eso sirvió mi obra», bromea.
La desenvoltura con que lo cuenta apenas deja entrever la exigencia y talentos necesarios para construir aquellas formas. Su manejo del concreto dependía de un conocimiento minucioso de la cimbra, de la disposición de las duelas y del trabajo compartido con sus maestros de obra. Las superficies conservan la huella de ese proceso: la madera imprime su ritmo sobre el concreto, mientras los planos se inclinan, se proyectan y se curvan. La libertad formal estaba sostenida por el oficio.

Su propio despacho permite entenderlo. El concreto adquiere espesor y relieve; la madera acerca su escala al cuerpo; las celosías filtran la luz y la vegetación ocupa los intersticios. La riqueza del espacio proviene de cómo están reunidos esos elementos, incluso ahora, entre el polvo y el desgaste.
En una ciudad donde tanta construcción reciente parece conformarse con tan sólo resolver un espacio en los menos metros cuadrados posibles y revestir la fachada, la obra de Aceves sigue resultando incómoda por su ambición. Hubo clientes dispuestos –apenas- a construirla; trabajadores capaces de ejecutarla y un arquitecto que se mantuvo firme en sus decisiones frente a la incomprensión.
Proteger ese legado exige identificar las obras que sobreviven y en qué estado, documentarlas y establecer criterios de conservación que atiendan sus materiales, sus espacios y sus detalles. Incluso una intervención aparentemente menor debe evaluarse por lo que puede borrar. También urge asegurar la conservación y consulta de su archivo.
En las paredes de aquella cueva, el arquitecto Aceves todavía puede señalar cada edificio y explicar cómo se hizo. Algunos ya sólo existen allí, en fotos viejas y planos amarillos. Los que permanecen en la ciudad necesitan una protección oficial que llegue antes que la siguiente demolición.



Interior del despacho del Arq. Félix Aceves (foto: Xavier Iturbide, 2026)
