
Guadalajara Romántica / Colonia Reforma
Av. VALLARTA Y Blvd. LAFAYETTE
VILLA NORMANDÍA
Esquina sur-poniente
Autor: No documentado
Propietario Original: Eugene Cuzin Lefebvre
Año de construcción: aprox. 1905
Demolida: 1974
En la esquina nororiente de las avenidas Vallarta y Chapultepec, donde hoy se levanta el hosco edificio de BBVA, estuvo Villa Normandía, una de las grandes residencias de la Guadalajara porfiriana. No era solamente una casa, sino una finca que se extendía, con sus jardines y dependencias, por buena parte de la manzana delimitada por Vallarta, Lafayette —hoy Chapultepec—, Pedro Moreno y Progreso. En su interior se encontraba una extensa arboleda conocida como el Bosque de los Eucaliptos, un nombre que basta para imaginar la escala y el aislamiento de aquel lugar cuando la ciudad todavía terminaba por esos rumbos.
La villa fue construida alrededor de 1905 para Eugène Cuzin, comerciante francés procedente del valle de Ubaye, en los Alpes de la Alta Provenza. Como tantos barcelonnettes, Cuzin llegó a México siguiendo una cadena migratoria tejida con parentescos, paisanos, empleos y sociedades mercantiles. Los franceses de aquel valle no conquistaron el comercio mexicano mediante hazañas individuales, sino por medio de redes cuidadosamente organizadas que recibían jóvenes sin capital, los colocaban como dependientes y, si demostraban disciplina y talento, terminaban por incorporarlos como socios.

Cuzin llegó a Guadalajara en 1890, contratado por los hermanos Louis y Antoine Gas para trabajar en La Ciudad de México, uno de los grandes almacenes de telas y novedades de la ciudad. Siete años después ya era socio de L. Gas y Compañía. Con el tiempo ocupó una posición cada vez más importante dentro de la empresa, participó en negocios textiles e inmobiliarios, fue consejero propietario del Banco de Jalisco y llegó a desempeñarse como cónsul de Francia en Guadalajara. Villa Normandía fue la expresión doméstica de ese ascenso: la casa de un inmigrante que había llegado como empleado y que, apenas quince años después, se encontraba instalado entre los empresarios más influyentes de la ciudad.

Su arquitectura correspondía a esa ambición. Aunque ha sido llamada chalet, Villa Normandía tenía más de villa suburbana francesa que de casa campestre alpina. Era un edificio de dos pisos, elevado sobre el jardín y compuesto por varios cuerpos poligonales que rompían deliberadamente la simetría. Las líneas horizontales del basamento y las cornisas daban unidad al conjunto, mientras las terrazas, los pórticos y las balaustradas producían una silueta movida, rematada por jarrones y pináculos.
El piso inferior estaba tratado con almohadillados; el superior, más ligero, llevaba pilastras, cartelas y molduras de gusto francés sobre las ventanas. Una amplia galería sostenida por esbeltas columnas protegía el acceso y se convertía arriba en terraza. La escalera, abierta hacia el jardín entre balaustradas, daba a la llegada un carácter casi ceremonial. Era una arquitectura suntuosa y desenvuelta, de aquella elegancia un poco excesiva, pero nunca vulgar, que Guadalajara abandonaría después con demasiado entusiasmo.
La casa no pretendía imponerse directamente sobre la calle. La vista tomada desde el crucero muestra una residencia retirada detrás de una extensa reja, casi empequeñecida por la profundidad del predio y por la masa de árboles que la rodeaba. Se llegaba a ella por un camino curvo, entre setos, palmas, macetones y jardines cuidadosamente trazados. Aquella distancia entre la banqueta y la fachada no era un sobrante, sino parte esencial de la arquitectura: Villa Normandía no puede entenderse sin el Bosque de los Eucaliptos, como tampoco pueden entenderse las antiguas colonias del poniente si se separan sus casas de los jardines que les daban escala, sombra y profundidad. No se trataba únicamente de edificios valiosos, sino de una forma más generosa de ocupar la ciudad.

Las fotografías interiores revelan que la opulencia de Villa Normandía no terminaba en la fachada. Sus salones tenían techos altos, grandes vanos que descendían casi hasta el piso y muros divididos por molduras, frisos ornamentales y amplios espejos. Los pisos de mosaico en damero blanco y negro servían como fondo a tapetes orientales, mientras las chimeneas de mármol, las lámparas de cristal, los candelabros, tapices, esculturas y muebles franceses componían interiores de una riqueza excepcional, incluso entre las grandes casas tapatías de su tiempo.
No era, sin embargo, una acumulación improvisada de objetos costosos. Había una voluntad escenográfica precisa: los espejos multiplicaban la luz de las ventanas, las arañas y los candelabros; las cortinas prolongaban verticalmente los vanos; los cuadros, tapices y paneles ornamentales ocupaban cada muro sin destruir su composición. Sillones, mesas, consolas y vitrinas de distintas épocas convivían dentro de un gusto historicista típicamente porfiriano, más interesado en la armonía, el lujo y la evocación europea que en la pureza de un solo estilo.

Según relata su hija Lise Cuzin de Le Brun, Villa Normandía alcanzó uno de sus momentos de mayor esplendor en diciembre de 1908, cuando la familia recibió allí a Porfirio Díaz durante su última visita a Guadalajara. Cerca de setenta invitados asistieron a aquella recepción. Las fotografías permiten comprender mejor la escena: comerciantes franceses, industriales, banqueros, políticos y familias tapatías reunidos en salones concebidos para representar la fortuna, la cultura y la posición social de sus propietarios. Villa Normandía era residencia, consulado y escenario público, una casa preparada tanto para la intimidad familiar como para exhibir el éxito de aquella comunidad francesa que había transformado el comercio y buena parte de la vida económica de Guadalajara.
La villa sirvió también como Consulado de Francia. Desde esa casa, Cuzin observó y escribió algunos de los años más desconcertantes de la historia de Guadalajara. Entre noviembre de 1914 y julio de 1915, separado de su familia por la guerra europea y atrapado en una ciudad que cambiaba constantemente de ejército, gobierno, moneda y lealtades, redactó el diario que décadas después sería publicado como Diario de un francés en México durante la Revolución.
Mientras carrancistas y villistas se alternaban el control de Guadalajara, Cuzin registraba fusilamientos, saqueos, contribuciones forzosas, escasez de maíz, billetes que perdían su valor de un día para otro y casas abandonadas que eran ocupadas y vaciadas por las tropas. Desde Villa Normandía intentaba mantener en funcionamiento sus negocios, proteger a sus empleados y conservar una neutralidad que era a un tiempo consular, empresarial y personal. La residencia que había sido construida para representar el triunfo de una época terminó convertida en observatorio privilegiado de su descomposición. Apenas seis años después de la recepción ofrecida a Porfirio Díaz, Cuzin escribía desde aquellos salones sobre el miedo, el hambre y la posibilidad cotidiana del saqueo.

Villa Normandía pasó después a manos de Joseph Maximilian Schneider Sadler, propietario de la Cervecería La Perla y dueño también de la célebre casa conocida como El Castillito, frente al jardín de San Francisco. La fortuna cervecera se trasladaba así del corazón antiguo de Guadalajara a las nuevas colonias del poniente.
Schneider separó una parte del extenso jardín para su hijo William Schneider Erd, casado con María Ancira Verea. En los terrenos del antiguo Bosque de los Eucaliptos, hacia la esquina de Vallarta y Progreso, se construyó otra residencia que años después sería adquirida por el Gobierno del Estado y convertida en Casa Jalisco. De esta manera, lo que originalmente había sido una sola finca terminó dividido en dos casas con historias independientes: Villa Normandía, hacia Chapultepec, y la casa Schneider, hacia Progreso. Esta última también sería demolida, ya en tiempos recientes, para construir un restaurante McDonald’s.

El último propietario de Villa Normandía fue Francisco Javier García de Quevedo y Castaños, conocido popularmente como “Chorros de Oro”, quien vivió allí hasta su muerte en 1973. Para entonces, el esplendor de la finca se había apagado. Algunos recuerdos de finales de los años sesenta hablan de una residencia ya deteriorada y parcialmente abandonada, aunque todavía permanecían fragmentos de la reja y suficiente arquitectura para comprender lo que aquel lugar había sido.
Sobre su destrucción sobreviven dos versiones. La más repetida sostiene que, después de la muerte de García de Quevedo, sus herederos vendieron la propiedad al Banco de Comercio y que la institución demolió la villa en 1974 para levantar sus oficinas. Una versión conservada por miembros de la familia afirma, en cambio, que fue el propio García de Quevedo quien ordenó derribarla al enterarse de que el Gobierno del Estado pretendía expropiarla para instalar allí Casa Jalisco, y que posteriormente aportó el terreno al banco, del cual era accionista.
Mientras no aparezcan documentos que resuelvan la contradicción, conviene mantener ambas historias en sus justos términos. Lo que ninguna de ellas modifica es el resultado: Villa Normandía desapareció, el predio terminó en manos del banco y la ciudad permitió que uno de sus cruceros más valiosos fuera destruido sin conservar la casa, el jardín, la reja, las servidumbres ni siquiera un testigo que recordara lo que había ocupado aquella manzana.
Juan Palomar ha contado que el proyecto bancario contemplaba originalmente un tratamiento exterior distinto, pero el consejo de administración decidió “ahorrarse la fachada” y dejó expuesta una estructura de concreto que no había sido concebida para presentarse desnuda. El ahorro fue de ellos; la pérdida, de Guadalajara. En el lugar de una villa rodeada por jardines quedó una mole hermética que ocupa agresivamente la esquina y que, medio siglo después, sigue sin devolverle a la ciudad nada equivalente a lo que tomó de ella.
La demolición de Villa Normandía no fue una tragedia aislada. En ese mismo crucero desaparecieron también la Casa Nigg-Bell-Vizcaíno, la residencia de los Stettner y la gran casa que perteneció al gobernador Guillermo Castellanos y Tapia. Cuatro esquinas ocupadas por residencias excepcionales fueron sustituidas por cuatro edificios que, incluso juzgados con benevolencia, son incapaces de explicar por qué era indispensable sacrificar todo lo anterior.
No fue una sustitución inevitable entre una ciudad vieja y otra moderna. Fue una operación mucho más pobre: jardines convertidos en desplantes, transparencias cambiadas por muros, arquitectura hecha para durar reemplazada por edificios que envejecieron casi desde su inauguración. Villa Normandía había sobrevivido a la Revolución, a la salida de los franceses, a varias familias y a la fragmentación de sus jardines. No sobrevivió al pragmatismo de una ciudad que, en 1974, todavía confundía demoler con progresar.

Hoy resulta difícil comprender cómo una casa de esa escala y calidad pudo desaparecer sin que hubiera una defensa pública capaz de detenerlo. Hubo protestas, ciertamente, pero fueron las de unos cuantos. Guadalajara ya había aprendido a observar sus demoliciones como asuntos privados, aunque sus consecuencias fueran irreparablemente públicas. En Vallarta y Chapultepec no se perdió solamente la residencia de Cuzin, Schneider y García de Quevedo; se perdió la pieza principal de una esquina que pudo haber sido una de las más hermosas de México.
El edificio bancario sigue allí. Villa Normandía, en cambio, sólo permanece en las fotografías: luminosa entre los árboles del Bosque de los Eucaliptos, con sus terrazas, balaustradas, salones y senderos curvos, todavía ajena al destino que Guadalajara reservaba para casi todos sus grandes chalets.

Fuentes y bibliografía
Cuzin, Eugène. Diario de un francés en México durante la Revolución, del 16 de noviembre de 1914 al 9 de julio de 1915. Prefacio de Lise Cuzin de Le Brun. México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes / Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, 2008.
Del Arenal Pérez, Mónica. Vía RecreActiva: Arquitectura y Patrimonio para Todos. Guía arquitectónica. Guadalajara: Laboratorio Ediciones, 2007.
Lizama Silva, Gladys, y Sergio Valerio Ulloa. “Redes empresariales en la región de Guadalajara durante el Porfiriato”. Secuencia. Revista de Historia y Ciencias Sociales, núm. 64, enero-abril de 2006, pp. 205-230.
Valerio Ulloa, Sergio. “La familia Fortoul-Gandoulf y el fondo fotográfico del Museo de la Vallée en Barcelonnette, Francia”. Letras Históricas, núm. 3, otoño-invierno de 2010, pp. 213-243.
Valerio Ulloa, Sergio. “Almacenes comerciales franceses en Guadalajara, México (1850-1930)”. América Latina en la Historia Económica, año 23, núm. 1, enero-abril de 2016, pp. 68-89.
Bradu, Fabienne. “La revolución de Eugène Cuzin”. Letras Libres, 31 de diciembre de 2010.
“El Duque de Tlaquepaque”. “Diario de un snob”. El Informador, 20 de septiembre de 2014.
Palomar, Juan. “Aunque sea, la Avenida Vallarta”. El Informador, 9 de marzo de 2016.
Fotografías históricas de Villa Normandía y sus interiores, algunas restauradas y coloreadas digitalmente. Fotografía de la villa en 1908 procedente del archivo de Leopoldo I. Orendáin. Testimonios familiares sobre Francisco Javier García de Quevedo y Castaños, último propietario de la finca.

Esta excelente tu artículo. He seguido tu blog desde antes de la pandemia porque me gustaron los artículos sobre la colonia francesa.
Incluso tu trabajo de investigación fue la chispa para mí trabajo de titulación de la carrera.
Aunque yo lo hice más enfocado en lo histórico y descriptivo.
Con todo seguí viendo tu blog por ver si salían más entradas sobre otras casas de la colonia francesa ya que fue lo que más me llamo la atención.
Pero con este artículo y el otro de la colonia lograste que lo que no pude encontrar sobre la desaparición y los dueños de las casas.
Espero poder ver y leer más sobre artículos de la colonia francesa.
Muchas gracias.