
Guadalajara Romántica / Colonia Reforma
AV. LA PAZ ESQ. BLVD. LAFAYETTE
CHALET MANZANO
Esquina sur-poniente
Autor: Ing. Henry L. Choistry
Propietario Original: Coronel José Manzano Briseño
Año de construcción: aprox. 1911
Demolida: aprox. 1960
En la esquina surponiente de la avenida La Paz y el antiguo boulevard Lafayette —hoy avenida Chapultepec— se levantó uno de los chalets más fastuosos de la Guadalajara de principios del siglo XX. La casa perteneció al coronel José Manzano Briseño y era una de esas construcciones que no necesitaban dirección para ser reconocidas: bastaba mencionar su torre, sus almenas o la gran escalinata que ascendía desde la banqueta para que cualquiera supiera de cuál se hablaba.
El nombre de chalet puede resultar engañoso. No se trataba de una casa alpina ni de una residencia campestre trasladada literalmente a la ciudad, sino de la interpretación tapatía que recibió esa palabra durante el Porfiriato: una vivienda unifamiliar exenta, rodeada de jardín y separada de la calle, opuesta a la antigua casa de patio que durante siglos había definido a Guadalajara. El Chalet Manzano pertenecía a una nueva manera de vivir y, sobre todo, de exhibirse en la ciudad.
Su autor fue Henry L. Choistry, ingeniero y pintor florentino que tuvo una participación decisiva en el desarrollo de la colonia Reforma. A él se atribuyen también el Chalet Nigg, sobre el mismo boulevard Lafayette, y la casa de Joaquín Amézaga, en Pedro Moreno, obras en las que recurrió nuevamente a torreones, almenas y referencias medievales. Choistry no trasladó a Guadalajara un estilo europeo intacto; trabajó con un repertorio ecléctico, libre y escenográfico, propio de una época en la que la arquitectura podía mezclar sin culpa elementos de distintos siglos mientras conservara unidad, proporción y carácter.

En el Chalet Manzano esa libertad alcanzó una expresión extraordinaria. La casa se levantaba sobre un basamento elevado, revestido con piedra oscura, que la separaba física y simbólicamente de la banqueta. Una amplia escalinata conducía al nivel principal y convertía el acceso cotidiano en ceremonia. Desde la calle, la residencia no se presentaba como una fachada plana, sino como una sucesión de cuerpos que avanzaban y retrocedían, terrazas con balaustradas, pórticos, balcones y remates almenados.
El ingreso principal ocupaba un volumen ligeramente saliente, coronado por un frontón ricamente labrado. Un gran arco de medio punto, apoyado sobre columnas, enmarcaba la puerta; encima aparecían guirnaldas, relieves y un escudo que daba al conjunto un aire heráldico. No proclamaba una nobleza antigua —la familia Manzano pertenecía a una élite regional de hacendados y servidores públicos—, pero sí expresaba la posición, la ambición y la confianza de quienes habían encargado la casa.
A ambos lados se repetían los vanos de medio punto, las pequeñas columnas, las balaustradas y las bandas de arquillos ciegos que corrían debajo de las cornisas. Estos últimos, cercanos al repertorio lombardo, daban ritmo a una composición que por momentos parecía una fortaleza italiana imaginada desde Guadalajara. Las almenas unificaban los distintos cuerpos y subían, escalonadas, hasta el gran torreón-mirador. Incluso las figuras aladas colocadas en los extremos contribuían a esa apariencia fantástica, a medio camino entre palacio, castillo y villa suburbana.

La torre era, naturalmente, el elemento dominante. Choistry la colocó de manera asimétrica, no sólo para romper la horizontalidad de la residencia, sino para convertirla en un punto de referencia sobre el boulevard. Su sección inferior era maciza; más arriba se abría mediante arcos y terminaba en un mirador desde el cual todavía era posible contemplar, por encima de los árboles y de las casas bajas, buena parte del Valle de Atemajac. Antes de que los edificios altos interrumpieran el horizonte, una torre doméstica podía tener una utilidad real: recoger el viento, extender las vistas y ofrecer un lugar desde donde mirar una ciudad que apenas comenzaba a crecer hacia el poniente.

El jardín era tan importante como la casa. Permitía verla de manera completa, dejaba respirar sus cuatro fachadas y establecía una distancia deliberada entre la vida privada y la calle. La reja no formaba un muro ciego, sino un límite transparente; desde la banqueta se alcanzaban a ver la vegetación, las terrazas y la arquitectura. Aquella relación entre casa y jardín fue una de las aportaciones más importantes de las colonias que se formaron al poniente del centro: la residencia ya no ocupaba todo el predio ni escondía su naturaleza detrás de una fachada continua, sino que se convertía en un objeto dentro del paisaje.
Su propietario, José Manzano Briseño, provenía de una de las familias más acomodadas de Zapotlán el Grande. Los Manzano habían poseído, entre otras propiedades, las haciendas de El Jazmín, San Nicolás y Santa Catarina, además del molino de Las Peñas. Su padre, José Manzano Ornelas, fue jefe político de Zapotlán en los últimos años del siglo XIX. El chalet de Guadalajara no era, por tanto, la recompensa de una fortuna improvisada después de la Revolución, sino la expresión urbana de una posición familiar construida desde varias generaciones atrás.

La vida de Manzano, sin embargo, no quedó limitada a la administración de sus propiedades. En 1914 se incorporó a la lucha revolucionaria con un grupo formado por sus propios peones y se sumó a las fuerzas del general Manuel M. Diéguez. Alcanzó el grado de coronel y llegó a ser jefe de su Estado Mayor. Fue después diputado por Jalisco al Congreso Constituyente de 1916-1917, reunido en Querétaro y del que surgiría la nueva Constitución. Más adelante ocupó diversos cargos públicos: fue jefe de Hacienda en Guadalajara, secretario general del penal de las Islas Marías durante la dirección de Francisco J. Múgica, intendente general de la Secretaría de Gobernación y funcionario de las secretarías de Agricultura y Fomento y de Comunicaciones y Obras Públicas. Su trayectoria resume también una transición nacional: la de los hacendados regionales que entraron a la Revolución y terminaron integrados al nuevo aparato político del país.
La fortuna familiar no resultó invulnerable. Tras la quiebra del Banco Francés, Manzano perdió varias propiedades, entre ellas el chalet. La casa que había encarnado la seguridad de una élite sobrevivió así por poco tiempo en manos de quien le dio nombre. Con la ayuda económica de su esposa, Eulalia Curiel, la familia pudo establecerse después en una propiedad a las afueras de Guadalajara, dentro del municipio de Zapopan. Aquellos terrenos terminaron convertidos en lo que hoy es la colonia Constitución. Su nomenclatura conservó los nombres de varios compañeros de Manzano.
Hoy, el lugar del Chalet Manzano lo ocupa un edificio de oficinas que aloja una sucursal de Banorte. La sustitución resulta particularmente reveladora: donde antes una residencia monumental daba forma a la esquina mediante jardines, terrazas, escalinatas y una torre visible desde lejos, quedó un edificio de mucho menor interés, pero mucho más grande. Las fuerzas económicas dictaro el destino del palaciego recinto. El caso guarda una incómoda semejanza con el edificio de BBVA, también una mole d concreto que combina oficinas bancarias con estacionamiento sobre la avenida Chapultepec, para cuya construcción desapareció la Villa Normandía, una de las residencias más famosas y reconocibles de toda la avenida. En ambos predios, Guadalajara cambió dos obras irrepetibles por edificios bancarios sin carácter, intercambiables con los de cualquier otra ciudad.

