
Guadalajara Moderna / Americana
RAMÓN CORONA Y PRISCILIANO SÁNCHEZ
CASA SCHNAIDER
Frente al Jardín de San Francisco
Autor: Ing. Antonio Arroniz Topete
Propietario Original: Joseph Maximilian «Papi» Schnaider
Año de construcción: aprox. 1900
Demolida: aprox. 1950
En la esquina surponiente de Ramón Corona y Prisciliano Sánchez, frente al Jardín de San Francisco, se levantó una de las casas más reconocibles de la Guadalajara de principios del siglo XX. Las antiguas postales identifican aquel tramo, según la época, con los nombres de Palacio, San Antonio, Nuevo Mundo o Héroes. Ninguno de esos nombres sobrevivió en el lugar, y tampoco la casa que durante décadas los tapatíos conocieron sencillamente como “El Castillito”.
La residencia perteneció a Joseph Maximilian Schnaider, mejor conocido como “Papi” Schnaider, un empresario estadounidense de ascendencia prusiana cuya historia personal resume buena parte de la transformación industrial de México durante el Porfiriato. Había nacido en St. Louis, Missouri, en 1858, dentro de una familia dedicada a la fabricación de cerveza. Su padre había fundado allí la Chouteau Avenue Brewery y un enorme jardín cervecero donde se combinaban comida, música, teatro y cerveza, una mezcla de industria y sociabilidad que décadas después Joseph repetiría en Guadalajara.
Schnaider estudió en Washington University y viajó a Prusia para aprender el oficio familiar. No era, por tanto, un improvisado que llegó a México con algo de capital y una receta extranjera, sino un maestro cervecero formado dentro de una de las industrias más competitivas de los Estados Unidos. En 1889 se trasladó a Monterrey para participar en el proyecto industrial impulsado por José Calderón Penilla y sus socios. Tras la muerte de Calderón, la empresa siguió adelante y el 8 de noviembre de 1890 Schnaider, Isaac Garza, José A. Muguerza y Francisco G. Sada constituyeron la Cervecería Cuauhtémoc. Schnaider fue su primer maestro cervecero y uno de sus principales accionistas; tuvo, además, una participación decisiva en el desarrollo de Carta Blanca, la cerveza que pronto convertiría a la nueva compañía en una empresa de alcance nacional.
La planta regiomontana había sido concebida desde el principio para producir a gran escala y exportar. Era una fábrica moderna, instalada entonces fuera de la ciudad y vinculada al ferrocarril, a la maquinaria estadounidense y a una nueva clase empresarial que ya no pensaba únicamente en abastecer el mercado local. En este ambiente se formó el Schnaider que años después llegó a Guadalajara: técnico, inversionista y promotor de una cultura industrial que sabía vender no solamente un producto, sino también la atmósfera que lo rodeaba.

En 1897 compró al alemán Juan Ohmer la antigua Cervecería León, situada por la calle de Cabañas, entre Esteban Alatorre y Pablo Valdez, cerca del río de San Juan de Dios. La rebautizó como Cervecería La Perla y, alrededor de 1898, trasladó a Guadalajara a su familia, aunque conservó sus acciones y vínculos con la Cervecería Cuauhtémoc. La Perla elaboró marcas como Tívoli, Pilsner, Lager, Bock de Mayo y, hacia 1910, Centenario. Frente a la fábrica, Schnaider hizo acondicionar un amplio jardín con árboles, plantas, mesas y lugares para beber cerveza, antecedente directo de aquellos establecimientos en los que el consumo se convertía en espectáculo y vida pública. El modelo recordaba inevitablemente al Schnaider’s Beer Garden que su padre había creado en St. Louis. Parte de ese terreno ajardinado terminaría incorporándose al actual Parque Morelos.


El éxito de la cervecería permitió a Schnaider encomendar su residencia al ingeniero Antonio Arróniz Topete, uno de los autores más interesantes y menos reconocidos de la arquitectura tapatía de aquel periodo. Arróniz, nacido en Ameca en 1858, fue también responsable de la reconstrucción del antiguo Seminario Conciliar de la calle Zaragoza, concluido en 1902 y convertido muchos años después en la sede de la Secretaría de Cultura de Jalisco. Hoy aquel edificio lleva, con justicia, su nombre.
Para la casa de Schnaider, Arróniz no proyectó una residencia discreta. Tampoco intentó imitar con obediencia algún modelo europeo reconocible. Diseñó una obra ecléctica y deliberadamente escenográfica, en la que una composición básicamente clásica fue interrumpida por dos esbeltos torreones cilíndricos de inspiración neomedieval. Las fachadas se desarrollaban en dos niveles sobre un basamento de cantera. El almohadillado, las pilastras, los pedimentos triangulares sobre las ventanas y la balaustrada del pretil pertenecían todavía al repertorio académico del siglo XIX. Sobre esa arquitectura relativamente ordenada aparecían los torreones, sostenidos por grandes ménsulas y proyectados hacia la calle, con óculos, saeteras fingidas, ventanas ojivales y afilados chapiteles cubiertos con pequeñas piezas dispuestas como escamas.
Aquellas torres no defendían nada y difícilmente podían tener una utilidad práctica proporcional a su costo. Su función era otra: distinguir la casa, apropiarse visualmente de la esquina y anunciar la presencia de su propietario. Eran arquitectura convertida en emblema, exactamente lo que explica que la finca perdiera su nombre formal y quedara fijada en la memoria popular como “El Castillito”. La herrería de los balcones, trabajada con motivos florales, suavizaba el peso de la cantera; los vanos verticales acentuaban la altura, mientras que la cornisa y la balaustrada mantenían unida una composición que pudo haber resultado caprichosa. Arróniz consiguió que todos esos elementos heterogéneos funcionaran juntos. La casa era pintoresca, pero no ingenua; teatral, pero no arbitraria.

Su mayor acierto, sin embargo, no puede entenderse observando solamente la fachada. La arquitectura estaba pensada desde la ciudad. Los torreones miraban hacia el Jardín de San Francisco y dialogaban con el campanario y la cúpula del templo. Desde ciertos ángulos, las agujas de la casa y la torre religiosa parecían formar una sola composición. Arróniz convirtió así una residencia privada en uno de los límites visuales de la plaza. El jardín funcionaba como el espacio vacío necesario para contemplarla. La casa, a su vez, daba escala y carácter al jardín. Era una relación elemental que la arquitectura contemporánea olvida con sorprendente frecuencia: los edificios construyen también el espacio que tienen enfrente. Una plaza rodeada por fachadas memorables se convierte en un lugar; la misma plaza rodeada por muros indiferentes es apenas un terreno despejado con bancas.
Su posición tenía además un valor estratégico. San Francisco se encontraba próximo a la estación del ferrocarril y durante años fue una de las puertas de entrada a Guadalajara. Quien llegaba a la ciudad encontraba el jardín, los templos, los hoteles y, dominando una de sus esquinas, la extravagante casa del industrial cervecero. El Castillito era vivienda, anuncio y escenografía urbana al mismo tiempo. No exhibía una antigua nobleza familiar, sino el ascenso de una nueva riqueza industrial, extranjera, cosmopolita y segura de sí misma.
Schnaider no permaneció toda su vida en aquella residencia. Después de consolidar La Perla, la familia se trasladó a una casa en el entorno de Vallarta y Chapultepec, entonces una de las zonas residenciales más exclusivas de Guadalajara. También poseyó en Chapala una casa de descanso conocida como Villa Josefina. El empresario murió en 1922 durante un viaje a Baden-Baden, Alemania. Su cuerpo fue enviado a América, pero el vapor que lo transportaba se hundió en el Atlántico, impidiendo que fuera sepultado en la cripta familiar de St. Louis.

Después de su muerte, La Perla quedó bajo la administración de su hermano William —Guillermo en las crónicas locales— y de Carlos Martínez Zorrilla. La fábrica pasó más tarde a manos de Alberto V. Aldrete, quien la transformó en Cervecería Occidental. En 1935 fue adquirida por la Cervecería Cuauhtémoc y se integró finalmente a la compañía que hoy pertenece a Heineken México. La casa corrió una suerte menos afortunada. Fue vendida posteriormente a la familia Verea Árzapalo y demolida hacia mediados del siglo XX, cuando Guadalajara había comenzado a confundir modernización con eliminación. No desapareció porque fuera una ruina medieval, como acaso sugerían sus torres, sino porque una ciudad incapaz de reconocer el valor de su arquitectura decidió que podía prescindir de ella.
La pérdida no consistió solamente en destruir una residencia llamativa. Con su demolición se eliminó uno de los elementos que daban forma al Jardín de San Francisco. Sobrevivieron el templo y el espacio abierto, pero se perdió uno de sus principales contrapesos arquitectónicos. La plaza quedó privada de aquella tensión entre lo religioso y lo doméstico, entre el campanario histórico y las torres deliberadamente fantasiosas de una casa moderna.
Hoy las fotografías permiten reconstruir esa relación con una claridad casi dolorosa. Vemos la cantera, los balcones, las agujas, los árboles del jardín, el tranvía y la gente detenida en la esquina. No era una obra aislada ni una extravagancia tolerada dentro de la ciudad: era parte de un conjunto urbano que funcionaba. Guadalajara no perdió El Castillito porque fuera imposible conservarlo. Lo perdió porque, llegado el momento, nadie consideró necesario hacerlo. Ésa es quizá la diferencia más incómoda entre la ciudad de aquellas fotografías y la que vino después: la primera todavía entendía que una esquina podía merecer arquitectura; la segunda comenzó a pensar que cualquier cosa podía ocupar su lugar.



